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A finales de la década de los ochenta llegó a Ecuador Dussan Draskovic. Al técnico montenegrino se le adjudica la paternidad de la gran renovación del fútbol ecuatoriano y la historia del mismo se divide en un antes y un después de la llegada del estratega balcánico. Aparte de sus aportes tácticos y la implementación de una metodología de trabajo innovadora, el técnico puso sus ojos en los jugadores espigados de la deprimida zona de Esmeraldas y otras regiones costeras, en detrimento de los futbolistas de la sierra, genéticamente pequeños. En la fortaleza física de estos negrones radicó el gran cambio del fútbol meridional y con el paso de los años, la siembra de Dussan dio sus frutos con el abono de técnicos colombianos y el día de hoy, Ecuador es potencia e invitado permanente a las citas mundialistas. Un par de años luego de que Draskovic llegara a Ecuador, aterrizó en Maiquetía Ratomir Djukovic. Este técnico serbio, de la misma escuela de entrenadores yugoeslavos, recibió la encomienda de transformar a la selección cenicienta de América en glamorosa princesa. El destino y el azar se juntaron para convertirme en inesperado anfitrión del recién llegado estratega. Jugaba el Caracas, el equipo del momento y como siempre estaba instalado en la tribuna del Brígido Iriarte. La concurrencia, escasa como era costumbre, permitía distinguir, sin dificultad, el ingreso de los fiebrudos habituales; una suerte de cofradía en la que casi todos nos conocíamos. De repente, escoltado por dos federativos que me permito no mencionar, apareció el espigado ex arquero del Real Oviedo, libreta en mano, para comenzar su trabajo como seleccionador nacional revisando la plantilla roja. Al verme, los federativos en cuestión, se dirigieron al sitio donde me encontraba y al introducirme ante el técnico se desparramaron en elogios hacia mi persona, catalogándome como gran conocedor, experto y erudito del fútbol venezolano y Ratomir no dudó en sentarse a mi lado para recibir luces. Con el transcurrir del partido entendí que la inesperada avalancha de alabanzas recibida no fue mas que una hábil jugarreta para deshacerse de la responsabilidad de compartir con Djukovic, pues a duras penas distinguían a dos o tres jugadores de cada equipo y ante su desconocimiento, me convirtieron en su salvavidas. Ya me extrañaba tanta admiración… Al preguntarme por las figuras del equipo, no dudé en señalar a Gerson Díaz, Gabriel Miranda y el Pochito Echenausi. Al identificarlos, Ratomir solo atinó a susurrar con rostro desencajado un “por qué tan pequeños?” Al poco tiempo, sin obviar a los consagrados, en sus convocatoria se hicieron frecuentes los nombres de jugadores con poco renombre, de equipos modestos, pero dotados de una estatura y un biotipo físico contundentes. Leonardo González, Marcos Mathías y Luis Filosa, son ejemplos claros de lo que el técnico tuvo en mente en ese momento. La eterna diatriba del tamaño ideal para ser futbolista triunfal es polémica de nunca acabar. Lo cierto es que el promedio de estatura ha subido considerablemente en todas las selecciones del continente. Empezando por Brasil. En algún momento, en la era Páez, tuvimos con Vallenilla, Rey, Cíchero y Jonay la zaga mas espigada de Sur América. Los centímetros y los gramos sumados, no parecen disgustar a ningún técnico. Carlitos González, padre del comentario deportivo en nuestro país y referencia obligada para aquellos que pretendemos ejercer el oficio, recurrentemente decía: “el bueno grande siempre le gana al bueno pequeño”. Interesante reflexión que bien pudiera ser el punto de partida para encender los ánimos y comenzar la sempiterna e inacabable discusión. Por la misma pasarán los nombres de Messi, Maradona, Garrincha, Simonsen, Luis Mendoza como los ejemplos palpables de esos enanos maravillosos que se convierten en la excepción de la regla y avivan el fuego de la pasión de quienes priorizan el talento por encima de cualquier fortaleza física. Esta semana el Caracas y el Lara ganaron sus compromisos en Copa Libertadores y desataron la consabida euforia colectiva. Las campanas triunfalistas comenzaron a repicar y los estadísticos nos remontaron a los albores de la década del setenta, pues desde los triunfos consecutivos del Italia y el Canarias en ese entonces, no se habían vuelto a dar dos victorias consecutivas de oncenas criollas. Larenses y caraqueños derrotaron a sus encopetados rivales argentinos y chilenos, respectivamente, agigantando sus victorias por la masiva difusión de las transmisiones televisivas en directo al mundo entero. Que estarán pensando en el resto del planeta acerca de nuestro fútbol cuando concuerdan que dichos triunfos fueron comandados por La Pulga Gómez, el Meñique Marlon Fernández, Angelo Peña y Rómulo Otero; su cargamento de talento y su carencia de centímetros. Muchas veces, cuando junto a estos dos últimos mencionados, Ceferino Bencomo, alinea al Chiqui Meza y al Cariaco González, el humor negro y la chanza sarcástica del venezolano, afloran, traviesamente en la mente ingeniosa de los ocurrentes fanáticos quienes ironizan con sus jocosas comparaciones la corta estatura de los cracks mencionados. Lo cierto es que la calidad de los chiquitos, hace que los mismos brillen con luz propia y terminen opacando a sus espigados marcadores e incluso a sus compañeros de equipo que los superan en contextura. No comen tamaño.
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